Las 17 reglas del exito (primera parte)

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Las 17 reglas del exito (primera parte)

Mensaje por Emprendedor el Jue Abr 22, 2010 11:15 pm




REGLA NUMERO UNO:

Hay que considerar lo bueno que uno tiene. Una vez que uno se da cuenta de lo valioso que es y de cuantas cosas positivas tiene a su favor, las sonrisas volverán, saldrá el sol, sonará la música y uno podrá finalmente avanzar hacia la vida que Dios le señaló... con gracia, fuerza, valor y confianza.

Uno de los secretos de la vida más importantes y siempre nuevo que tuve que aprender, con dolor y lágrimas, es que uno no puede comenzar a dar un cambio total en una existencia desesperadamente lastimada y derrotada ni dar un salto para salirse de la triste rutina que su empleo y su carrera significan, ni dejar atrás ese callejón sin salida de lo económico que parece haberlo condenado al fracaso y a una baja autoestima, a menos que uno aprecie las cosas buenas que ya posee.

¿Cosas buenas? ¿Se ríe usted? ¡Vaya sonrisa triste! ¿Está tratando de decirme algo? ¿Dice usted que tiene un cajón lleno de cuentas? ¿Que tal vez su hija mayor se está preparando para ingresar en la universidad y que usted no tiene ánimo par decirle que no puede ir? ¿Que se ha atrasado dos meses en el pago de las mensualidades de su automóvil y que su empleo no parece muy seguro que digamos? ¿Cuáles cosas buenas, piensa usted? Lo invito a permanecer conmigo ahora, mientras le ayudo a considerar algunas de sus cosas positivas en este preciso momento en que usted sigue sentado allí sintiendo lástima por usted mismo.

Hagamos una nueva lista e intentemos asignar un valor monetario sólo a unas cuantas de las cosas buenas que hay en su vida, amigo lector, para que pueda darse cuenta de lo rico que es usted realmente y de cuántas cosas buenas tiene en su favor, aunque haya olvidado esto en su lucha diaria por sobrevivir.

¿Cuánto vale vivir en este gran país? Responda usted, lo reto a que le ponga precio a eso. ¿En dónde preferiría vivir? ¿Cuánto vale ser empleado de la buena compañía en la que trabaja si esta mañana usted estuviera de pie en una fila de desempleados? ¿Cuánto vale su carrera si se da cuenta de que probablemente el 95 por ciento de la población mundial gustosamente daría diez años de su vida, o más por tener la oportunidad que tiene? ¿Cuanto vale su libertad?

¿Y que tal con sus seres queridos y los que aman a usted? ¿Cuánto pediría por ellos? ¿Por los ojos? ¿Aceptaría un millón de dólares por sus ojos?

¿Y en el caso de las manos y los pies? ¿Cinco millones? ¿Diez?

Es usted realmente un ejemplar muy preciado, ¿verdad? En el caso de una confrontación definitiva probablemente usted no cambiaría lo que tiene en este preciso momento por todo el oro de Fort Knox, ¿no es verdad?

Y con tantas cosas buenas a su favor, dígame, por favor, ¿por qué anda por allí sintiéndose triste, golpeado, derrotado y rechazado? ¿Por qué?

¡Ya basta! Hay una mejor manera de vivir para usted y empieza hoy...



REGLA NUMERO DOS:

Hoy, y todos los días, uno debe dar más de lo que le pagan por hacer. La victoria del éxito se habrá ganado a la mitad cuando uno aprenda el secreto de dar más de lo que se espera en todo lo que uno hace. Hay que hacerse tan valioso en su trabajo que más adelante uno se vuelva indispensable. Uno debe ejercer su derecho de recorrer ese kilómetro adicional y disfrutar de todos los beneficios que recibirá. ¡Bien se los merece!.

Me encanta curiosear todas las tarjetas de felicitación de carácter humorístico que parecen estar ocupando cada vez más espacio en los anaqueles de la mayor parte de las tiendas donde se venden tarjetas, y probablemente envío más de las que debería.

Mi favorita de todos los tiempos fue la tarjeta de tamaño exagerado que llevaba un borde grabado que la hacía parecerse a un título accionario y dentro del cual estaban impresas las palabras "Cómo hacer dinero". Al abrir la tarjeta, se leían sólo tres palabras impresas en una tinta de color naranja brillante:



¡PÓNGASE A TRABAJAR!

En la vida todo tiene su precio y a menos que usted, lector, pertenezca a esa reducida élite que ha tenido todo resuelto desde la cuna, me temo que la única forma en que puede usted pagar las cosas que desea, necesita y con la que sueña es con la compensación que recibe por el trabajo que desempeña.

Aunque está asintiendo con la cabeza, no parece feliz, amigo lector. ¿Está luchando por ganarle la delantera a las cuentas? ¿No está progresando ni creciendo mucho en ese empleo en el cual ya lleva demasiado tiempo sin lograr ningún avance? ¿Le gustaría adquirir una casa nueva pero no le alcanza? ¿Lo mismo con la carcacha que tiene por automóvil?.

La vida de usted parece estar empantanada; ¿cómo salir del atolladero?

Hay una respuesta, una solución, una regla, y apuesto que nunca le ha fallado a quienes la han aplicado realmente. En lo tocante a mejorar el ámbito profesional de su vida, amigo lector, el mayor secreto del éxito nos fue entregado desde la cima de una montaña, hace aproximadamente dos mil años, cuando Jesucristo nos dijo que cuando nos viéramos obligados a recorrer un kilómetro con alguien, deberíamos recorrer el doble siempre.

El Kilómetro adicional. Si, a partir de mañana, se propone usted aportar más en su trabajo de lo que le pagan por hacer, comenzarán a ocurrir milagros en su vida. No importa a qué se dedique usted para ganarse la vida, sea que venda productos, pinte casas, maneje computadoras o barra pisos. Sí cada día hace más de los que le pagan por hacer, en poco tiempo su patrón de vida cambiará para mejorar.

La manera más segura de condenarse uno mismo a una vida de fracaso y lágrimas consiste en hacer únicamente el trabajo por el que le pagan. Claro que aportar más de lo que se espera que uno dé no hará que uno sea muy popular con algunos de sus compañeros de trabajo que parecen dedicados a hacer lo menos posible por lo que les pagan... pero ése es su problema, no el de uno. Usted, lector, viva su vida. Hay personas que dependen de usted.

Cuando usted da más de lo que le pagan por dar, cada día, no sólo se promueve usted mismo, sino que, al ser indispensable, descubrirá, para su sorpresa, que a todo su alrededor hay nuevas oportunidades, y más adelante podrá asignarse su propio precio.

Es una regla muy sencilla. ¡Recorra otro kilómetro! No le costará ni un centavo y, sin embargo, es una regla tan poderosa que, cuando la siga, su vida cambiará para siempre.

Andrew Carnegie dijo que había dos tipos de personas que nunca lograban mucho en la vida.

Una es la persona que no quiere hacer lo que le dicen que haga, y la otra es la persona que sólo hace lo que le dicen que haga. Y cuando se le preguntó a Walter Chrysler qué era lo que más necesitaba su planta, repuso: Diez buenos hombres que no estén atentos al silbatazo ni se la pasen pendientes de la hora en la carátula del reloj.

Hay que sorprender a todos. Cambie sus hábitos de trabajo. ¡Recorra ese kilómetro adicional!.

Esto no significa que sacrifique a su familia ni su salud en una compulsión insana por el éxito, pero es un método maravilloso para que usted extraiga todo lo que la vida puede ofrecer y todo lo que usted se merece. Hay que trabajar como si uno fuera a vivir eternamente, y vivir como si uno fuera a morirse hoy mismo.

¡Recorra otro kilómetro!.



REGLA NUMERO TRES:
Cada vez que se cometa un error o se haya sido abatido por la vida, no hay que quedarse demasiado tiempo pensando en ello. Los errores son la forma en que la vida le enseña a uno. La capacidad de cometer errores ocasionalmente es inseparable de la capacidad de lograr las propias metas.

Nadie gana de todas, todas, y las fallas que se tienen, cuando ocurren, son simplemente parte del propio crecimiento. Hay que sacudirse los errores. ¿Cómo podría uno conocer sus límites sin una falla ocasional?.

Nunca hay que rendirse. Ya llegará el turno de uno.

A lo largo de los siglos ha resonado una de las grandes verdades menos entendida y, sin embargo, sólo los sabios toman en cuenta su consejo. Si se quiere tener éxito, hay que aprender a vivir con el fracaso. El fracaso nos proporciona más sabiduría que el éxito.

Si usted me muestra una persona que nunca ha tropezado, que nunca ha tenido dificultades en su empleo y nunca ha cometido un error, yo le mostraré que es una persona con un futuro muy sombrío.

Los errores, los desaciertos, las derrotas, son inevitables en esta vida rudimentaria pero efectiva; sin embargo, si dejamos que eso nos vuelva miedosos, de tal manera que cuando nos abaten dudamos en volver a intentarlo, nos estamos condenando a una vida de arrepentimiento.

Las mejores lecciones que podemos llegar a aprender provienen de

nuestros errores y fracasos.

Derrota. ¿Qué es eso? Nada más, un poco de educación, nada más el primer paso hacia algo mejor.

Las únicas personas que nunca fracasan son quienes nunca, pero nunca, intentan.

En una ocasión, Mark Twain contó la historia de un gato que un día saltó para subirse a una estufa caliente y se quemó la panza. Ese gato nunca más volvió a saltar para subirse a una estufa caliente ¡pero ese mismo gato ¡nunca saltó para subirse a una estufa fría, tampoco!.

Con mucha frecuencia, se sobrestima el valor de la experiencia... y eso puede ser muy dañino si impide que uno vuelva a intentar algo después de haberse lastimado.

Hay un antiguo proverbio escandinavo que es una maravilla: "El viento del norte hizo a los vikingos". El viento del norte puede hacer maravillas por usted también, amigo lector.

Hay que recordar que hasta las vidas de más éxito contienen capítulos de fracaso, exactamente como ocurre en toda buena novela, pero la forma en que termine el libro depende de nosotros. Somos los autores de nuestros años, y nuestros fracasos y derrotas sólo son pasos hacia algo mejor.

Allá por 1974, cuando Hank Aaron estaba a punto de alcanzar la marca del mayor número de cuadrangulares de todos los tiempos, impuesta por Babe Ruth, una mañana llamé por teléfono a su club de béisbol, los Bravos de Atlanta.

Finalmente me comunicaron con su departamento de relaciones públicas, y planteé mi pregunta:

Sé que Hank lleva setecientos diez cuadrangulares y que sólo necesita cinco más para romper la marca de Ruth, pero me surgió una duda, ¿cuántas abanicadas lleva en su carrera? ¿Abanicadas, dice usted? – me preguntó titubeante al joven que estaba al teléfono. Sí, ¿cuántas abanicadas?

Discúlpeme, pero tendrá que aguardar mientras averiguo ese dato, señor.

Así lo hizo y pasaron varios minutos antes de que regresara al teléfono. - Señor Mandino, hasta anoche, Hank llevaba setecientos diez cuadrangulares y, como usted sabe, sólo necesita cinco más para romper la marca del mayor número de cuadrangulares de todos los tiempos, impuesta por Babe Ruth... Sí, ya sé...

Y en toda su carrera, lleva mil doscientos sesenta y dos abanicadas.

Le di las gracias, colgué y luego me quedé sentado sopesando la cifra que acababa de oír.

Qué gran ejemplo para usarlo en el futuro cada vez que tratara de precisar la idea de no dejar nunca que los fracasos pasados impidan que uno vuelva a intentar. Allí estaba el mejor bateador de cuadrangulares que haya habido... e incluso él, incluso Hank Aaron, ¡tuvo que abanicar casi dos veces por cada batazo que sacaba la pelota del parque! es cierto que la vida es un juego con reglas que deben seguirse para triunfar, pero uno no tiene que batear de cuadrangular cada vez que es su turno al bat para tener éxito en este mundo.

Pregúntele a Hank, amigo lector.



REGLA NUMERO CUATRO:

Uno debe premiar siempre sus largas horas de trabajo y afán de la mejor manera, rodeado de su familia. Hay que alimentar su amor con todo cuidado y recordar que los hijos necesitan modelos, no críticas, y el propio progreso se intensificará cuando uno se esfuerce constantemente por presentar el mejor aspecto de uno mismo a los hijos. e incluso si uno ha fallado en todo lo demás a los ojos del mundo, si se tiene una familia que lo ame, uno es un triunfador.

Frecuentemente se me pregunta sobre mis hijos, actualmente mayores de edad, y cómo los educamos, como si, debido a los libros que he escrito, debiéramos tener una fórmula mágica especial con la garantía de lograr el éxito en todo... incluso en la formación de ciudadanos del mañana brillantes, bien adaptados y felices.

Sin olvidar jamás que el "otro" Og Mandino de hace muchos años perdió a su primera familia por su desconsideración y negligencia, actualmente siempre doy la misma respuesta...

Lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es dedicarnos conscientemente a ser modelos de comportamiento para ellos. si uno les enseña una manera y luego actúa de manera contraria a sus palabras, pierde a sus hijos. Aparte de guiarlos con el ejemplo, no es mucho lo que podemos hacer por ellos excepto estar cerca para levantarlos cuando se caigan. No es demasiado pedir ¿verdad?

En la pared frente al escritorio hay un breve poema escrito en caligrafía sobre pergamino blanco y enmarcado. Debajo de las palabras "Autor desconocido". Pegué, inmediatamente después de que nació, una pequeña foto de Matt. Tal vez al lector le gustaría volver a leer esto en otras ocasiones.

Para cualquier padre que tenga un hijo pequeño Son ojitos dirigidos a ti que te observan noche y día, son orejitas que captan rápidamente todo lo que dices,

son manitas ansiosas por hacer todo lo que haces, y es un niñito que sueña con el día en que se parecerá a ti.

Eres el ídolo del muchachito, el mayor de los sabios, en su pequeña mente nunca surge la menor sospecha sobre ti, cree en ti con devoción, sostiene que todo lo que dices y haces, él lo hará y lo dirá a tu manera, cuando crezca, al igual que tú, nada más.

Es un muchachito de grandes ojos que crees que siempre tienes razón, y sus oídos están siempre atentos y te observa noche y día.

Cada día, en todo lo que haces, sirves de ejemplo para el niñito que espera con ansias crecer para parecerse a ti.

Hace varios años, justo antes de emprender un largo viaje para hacer promoción de uno de mis libros, había vivido la terrible agonía de ayudar a nuestro hijo menor a empacar sus cosas antes de ponerme afuera de la puerta principal, con su madre, y despedirlo cuando se fue en su automóvil a iniciar su propia vida en una residencia estudiantil de la Universidad Estatal de Arizona.

Después de que se marchó, recuerdo que caminé por el pasillo y me senté en su cuarto, a oscuras, orando porque Bette y yo hubiéramos proporcionado a Matt y a Dana, nuestro hijo mayor, la orientación que necesitarían para enfrentar las múltiples adversidades de la vida con que seguramente se toparían.

Mi viaje de promoción iba bien hasta una ocasión en que participé en un programa matutino de charlas de una radiodifusora de Los Ángeles. en este programa en vivo participaba también una novelista muy famosa cuyo nombre me reservo. De alguna manera, la conversación había derivado al tema de nuestras familia, y de nuestros hijos en particular.

Rápidamente, la novelista se apoderó del micrófono y comenzó una larga perorata desagradable en contra de sus dos hijos adolescentes. Admitió que no podía manejarlos, que con el padre no se podía contar porque nunca estaba en casa y que estos muchachos la estaban volviendo loca. Nunca llegaban a tiempo a comer, sus cuartos siempre eran un desorden y siempre ponían sus aparatos de sonido a un volumen tan alto, y en diferentes estaciones, por supuesto, que el ruido también la estaba volviendo loca.

Después de oír tal vez unas doce veces esa fea expresión de "volverse loca", mientras que esta célebre autora rebajaba a su hijos ante un auditorio bastante grande, finalmente me exasperé y la interrumpí. No puede evitarlo – Sabe usted – le dije, va a llegar el día en que esté usted caminando por el pasillo de su

casa y pase dos cuartos muy vacíos y silenciosos... y entonces se preguntará "¿A dónde se fueron?" ¿Por qué no se va a su casa, en cuanto termine este programa, abraza a sus hijos y simplemente les dice que los ama?



REGLA NUMERO CINCO:

Hay que levantar este día sobre una base de pensamientos agradables. Uno no debe preocuparse nunca por ninguna imperfección que uno tema que pueda impedir su progreso. Hay que recordar, tan seguido como sea necesario que uno es hijo de Dios y que tiene el poder de alcanzar cualquier sueño si eleva sus pensamientos. Es posible velar cuando uno decide que

puede hacerlo. No hay que volver a considerarse derrotado. Hay que dejar que lo que el corazón ambiciona sea el proyecto de la propia vida. ¡Hay que sonreír!

Desde el principio de los tiempos, los hombres sabios nos han estado diciendo que todo lo que logramos, o no logramos, es consecuencia directa de lo que esperamos de nuestras capacidades, nuestro valor y nuestro potencial.

James Allen nos dijo que los pensamientos dan buenos frutos y los malos pensamientos dan malos frutos.

Marco Aurelio, ese sabio emperador y filósofo de la antigua Roma, nos dijo que nuestra vida es lo que de ella hacen nuestros pensamientos. Buena o mala. Desdichada o feliz. Triunfante o desesperada.

Buda lo dijo de una manera todavía más enérgica: ‘Todo lo que conocemos es consecuencia de lo que hemos pensado. La mente es todo. Nos convertiremos en lo que pensamos.

No importa como se quiera llamarlo, los pensamientos positivos son productivos, los pensamientos negativos estorban y destruyen.

Si uno les cree a esos hombres tan sabios, sabe que si uno se humilla a sí mismo y menosprecia su talento, está condenado al fracaso. Cuando uno menosprecia su capacidad, sus antecedentes o sus conocimientos, al poco tiempo el mundo estará de acuerdo con esa evaluación y enfrentará un triste futuro que no se merece. ¡Basta! Ya no más actitudes negativas en la manera de pensar o de actuar. Escúcheme bien, amigo lector.

¡Usted simplemente no sabe lo bueno que es! Sí, usted, el que está sentado allí compadeciéndose... se parece usted mucho a un pato que tenemos en nuestro patio.

Cuando Matt estaba apenas en secundaria, una tarde regreso a casa cargando una caja de zapatos con agujeros en la tapa. Lo que más me temía resulto ser cierto cuando removió la tapa. En su interior había un patito amarillo vivaracho y ruidoso. En la clase de biología, mi hijo y sus condiscípulos habían incubado el huevo y cuando el patito rompió el cascarón, lo cuidaron y alimentaron durante varias semanas, luego lo rifaron y mi hijo se ganó el pato – que, coincidimos Bette y yo, era precisamente lo que necesitábamos.

Un padre reacio y un hijo impaciente fueron a la maderería y compraron unos tablones y, allá en una esquina de nuestro patio cercado, Matt construyó para el pato una bonita casa que pintó de blanco. Luego, sobre el arco de la entrada, escribió a mano, en color rojo DISCO.

¡El pato se llamaba Disco! A continuación, en la ferretería compramos un rollo de alambre de gallinero de medio metro de ancho y armamos una especie de corral alrededor de la caseta para que el nuevo miembro de nuestra familia no anduviera vagando por allí y se perdiera.

Actualmente Disco lleva más de doce años con nosotros. Al crecer se convirtió en un ejemplar muy grande y hermoso y, por supuesto, como ahora Matt está casado y vive en otra parte, estoy seguro de que el lector ya se imaginará quién se encarga de cuidar y alimentar al animal.

Uno de los errores que cometimos, dentro de todo este asunto de Disco, fue construir su pequeña residencia y patio de juegos precisamente afuera de nuestra recámara. Últimamente, Disco se ha estado despertando antes de la salida del sol, comienza a graznar y no para, excepto unas cuantas veces, durante todo el santo día.

¡Y vaya que grazna fuerte! como antes nunca había actuado así, excepto para ahuyentar al gato del vecino, tanto Bette como yo concluimos que algo está molestándolo verdaderamente. El caso es que ya no es feliz. Puede ser que la comida que le estoy dando no le guste, o quizá no le cambio con la suficiente frecuencia el agua de su pequeño chapoteador, o tal vez esté húmeda la paja de su caseta y haya que cambiarla o quitarla. ¿Quién sabe? He intentado todo para hacer que se

sienta seguro y contento de nuevo, pero sigue graznando áspera y continuamente.

Como puede ver, amigo lector, Disco sí tiene un problema, y le apuesto que es el mimo que tiene usted. ¡Sí usted! Ni Disco ni usted tienen un sentido adecuado de su propia valía Disco no tiene la menor idea de que, si no está contento con las condiciones que hay en su vida, puede hacer más que sólo sentir lástima de sí mismo; tiene el poder de cambiar esas condiciones en vez de quejarse de ellas nada más.

Si realmente Disco quiere cambiar las condiciones de su vida, puede hacerlo en el momento que lo decida. Es sencillo. Todo lo que tiene que hacer es levantar sus bellas alas, moverlas de arriba hacia abajo... e irse. Pero ya ve usted, el pobre Disco no sabe lo bueno que es. No sabe que puede volar... ¡y usted tampoco!



REGLA NUMERO SEIS:

Siempre hay que dejar que las propias acciones hablen por uno, aunque todo el tiempo hay que estar en guardia contra las terribles trampas del falso orgullo y la vanidad que pueden detener el propio avance. La próxima vez que uno se sienta tentado a vanagloriarse, tendría primero que meter la mano en una cubeta llena de agua y, cuando la saque, el agujero que queda hará que uno se dé una idea correcta de la medida de su importancia.

A ninguno de nosotros nos decepciona más otra persona de lo que nos decepcionamos de nosotros mismos. Un obstáculo peligroso para nuestro progreso continuo es la terrible pantalla de orgullo complaciente que es responsable de cegar nuestro avance una vez que hemos experimentado un poco de éxito. Es cierto, es posible que hayamos trabajado muy duro y hayamos dedicado todos nuestros talentos y esfuerzos en avanzar, y esa es realmente la razón por la cual usted y yo estamos juntos; sin embargo, es fácil caer en la trampa de creer, después de unas cuantas victorias, que uno posee algunas cualidades especiales y únicas, y cuando uno refleja esa actitud en su comportamiento con los demás, eso puede dañar seriamente su progreso.

De hecho, nada puede lastimarlo más a uno que la arrogancia y el orgullo que piden que alguien les ponga un alto. Todos somos hijos de Dios, pero si tan sólo pudiéramos ver qué tan poco hueco dejaría nuestra muerte en este mundo, dejaríamos de tomar tan en cuenta el espacio que ocupamos y pensaríamos más en ayudar a los demás.

Constantemente estoy librando mi batalla personal contra la tentación del falso orgullo. Cuando uno escribe un nuevo libro cada dos años, como yo, y luego recorre todo el país para promocionarlo en la prensa, la radio y la televisión, por no mencionar la serie de discursos de inauguración que pronuncio al año, es fácil caer en la trampa de comenzar a creer todas las cosas buenas que se dicen y se escriben en los medios de comunicación – por no mencionar todas las atenciones, las limosinas con chofer y las fiestas par firmar autógrafos con lo cual se le malacostumbra a uno.

Nunca olvidaré el día en que Dios decidió reducirme considerablemente la opinión de mí mismo, algo que indudablemente me merecía en ese tiempo. Estaba en mi habitación del hotel en espera de que llamaran a la puerta como señal de que era el momento para que hiciera mi aparición en el salón de baile allá abajo, donde iba a pronunciar el discurso de inauguración de una gran convención nacional de varios miles. Cuando llegó por fin el mensajero de la compañía, un hombre de edad, me puse el saco y lo seguí por el pasillo hacia el elevador.

Había mucho ruido y gente en el vestíbulo y no habíamos avanzados mucho cuando sentí que alguien me tocaba con decisión el hombro y me volví par ver a un hombre joven con ojos de asombro, con un distintivo con el nombre de su compañía pegado al bolsillo de su saco, que aferraba una bolsa de papel y me apuntaba a la cara con el dedo.

¿Es usted Og Mandino? – me preguntó sin aliento. Asentí con la cabeza y seguí caminando. ¿Me concede un minuto, señor? preguntó el joven mientras se desplazaba hacia una mesita junto a una ventana, lejos del movimiento de la gente. Interrogué con la mirada a mi guía ceñudo, quien finalmente asintió moviendo la cabeza con cierta reticencia. – Señor – me espetó el joven mientras colocaba la bolsa de papel sobre la mesa - quiero que sepa que mi esposa es una fanática de Og Mandino. Le juro que se ha leído todo lo que usted ha escrito. Como en maestra en el pequeño pueblo donde vivimos, no hubo manera de que pudiera venir conmigo y se quedó muy afligida Tenía tantas ganas de escucharlo a usted.

¡Que pena! – Pues bien, señor, pensé que debía hacer algo especial por Louise, y creo que estuve en todas las librería que hay en un radio de ochenta kilómetros alrededor de nuestro pueblo y me las ingenié para conseguir cinco de sus libros en edición empastada. Por favor... se lo suplico... ¿me haría usted el gran honor de autografiar estos libros para mi esposa? Se los quiero dar como regalo de cumpleaños, el jueves próximo.

Con todo gusto – le dije, saqué la pluma del bolsillo interior de mi saco y escribí en los cinco libros, la siguiente dedicatoria: Para Louise, con afecto: Feliz Cumpleaños, Og Mandino.

Cuando hube terminado, el joven volvió a meter cuidadosamente todos los libros en su bolsa de papel, me dio un abrazo nervioso y apresurado, me dio las gracias y se alejó... y a mí se me olvidó mantener la boca cerrada, pero qué bueno que se me haya olvidado.

Ya se había alejado unos tres metros, cuando dirigiéndome a él le grité: - Dígame, ¿esto va a ser una sorpresa para Louise?. Se volvió y con una tímida sonrisa de oreja a oreja, me repuso gritando:

¡Por supuesto que sí, señor, ella está esperando un nuevo Toyota Corolla!



REGLA NUMERO SIETE:

Cada día es un don especial de Dios, y si bien es posible que la vida no siempre sea justa, uno no debe dejar nunca que las penas, las dificultades y las desventajas del momento envenenen la actitud y los planes que uno tiene para sí mismo y su futuro. No se puede ganar si se lleva puesta la fea capa de la autocompasión con toda seguridad ahuyentará cualquier oportunidad de éxito. Nunca más. Hay una mejor manera.

La vida no es justa... y probablemente nunca será así. Habrá ocasiones en que uno hace la mayor parte del trabajo y, sin embargo otro se lleva el crédito. Es posible que uno trabaje el doble de lo que trabaja su vecino, y uno se sabe el doble de listo... y sin embargo, uno sólo gana la mitad de lo que gana el otro.

Hay muchas ocasiones en que la vida nos reparte una mala mano. ¿Cómo juega uno esas malas manos cuando le toca una? ¿Se aferra, se niega a rendirse, aunque no se tenga la garantía de lograr el triunfo... o se lamenta y se compadece de sí mismo porque uno está seguro de que sus dificultades y problemas son mucho más terribles que las desgracias de cualquiera otra persona? ¡Pobre nene!

Hace casi dos décadas, recibí una pequeña tarjeta amarilla con un poema escrito con tinta verde, de parte de Wilton Hall, quien publicaba Quote Magazine en anderson, Carolina del Sur. El poema ha tenido un sitio especial en mi vida a lo largo de todos estos años. Durante mis discursos, no solo lo comparto con todos mis públicos, sino que lo mantengo a mano para mi propio bienestar. Cuando las cosas no están yendo muy de acuerdo con la forma en que las planeé, o los días comienzan con el pie izquierdo, o empiezo a irritarme un poco con los demás y tal vez a sentir lástima de mí mismo, saco mi poema, lo leo y luego prosigo con mi vida, agradecido y sólo hago una pausa suficientemente larga para volver la vista a los cielos y decir: ¡Gracias!

Sí, recárguese en el sillón, amigo lector, y permítame que le dé el gastado original. Es un tesoro, y le apuesto que también usted, al igual que yo, lo releerá con frecuencia en el futuro y lo compartirá igualmente con sus amigos.

¡Señor, perdóname cuando me lamento!

Hoy, en el autobús, vi a una bella muchacha de cabello rubio, la envidié... parecía tan alegre... y deseé ser así de bonita. De pronto, cuando se puso de pie para irse, la vi cojear por el pasillo. Tenía una sola pierna y usaba muleta; sin embargo, al pasar... ¡qué sonrisa! ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento! Tengo dos piernas.

¡El mundo es mío!

Me detuve a comprar unos dulces. El muchacho que los vendía era tan encantador.

Conversé con él. Se veía tan contento. Si me retrasaba no habría problema. y cuando me iba, me dijo: "Se lo agradezco, ha sido usted muy amable. Es grato conversar con gente como usted. Sabe – dijo –. Soy ciego". ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento! Tengo los ojos.

El mundo es mío.

Después al ir caminado por la calle, vi a un niño con los ojos de cielo. Estaba de pie y observaba a otros niños que jugaban. Parecía indeciso. Me detuve un momento y le dije:

"¿Por qué no vas a jugar con ellos, primor?" Siguió viendo hacia enfrente sin decir nada y entonces me di cuenta de que no podía oír. ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento!

Tengo dos oídos. El mundo es mío.

Con pies que me lleven a donde quiero ir, con ojos para ver los colores del atardecer, con oídos par escuchar lo que quiera saber... ¡Oh, Dios, perdóname cuando me lamento. En realidad soy una afortunada. El mundo es mío.

Autora Anónima



REGLA NUMERO OCHO:


Uno nunca debe llenar sus días ni sus noches con tantas nimiedades y cosas insignificantes como para no tener tiempo de aceptar un verdadero reto cuando éste se presente. Esto es válido tanto para el juego como para el trabajo. Un día meramente sobrevivido no es ocasión de festejo. Uno no está aquí para desperdiciar sus preciosas horas, Cuando tiene la capacidad de lograr tanto si hace una pequeña modificación en su rutina. Ya no hay que ocuparse en nimiedades. Ya no hay que volverle la cara al éxito. Hay que darse tiempo y espacio para crecer. Ahora, ¡Ahora mismo! ¡No mañana!

Es posible que usted, lector, conozca a este tipo de persona. Tal vez hasta sea usted así.

Si es así, me da gusto que haya acudido a mí. Esa persona está siempre ocupada, siempre tiene más proyectos, reuniones y diligencias de los que se pueden manejar, y siempre está en una loca carrera de un lado a otro en un intento - intento, nada más - por adelantarse a los acontecimientos. Lo que este tipo de gente hace constituye un esfuerzo, inconsciente pero muy eficaz, para evitar el éxito. Claro que están ocupadas en cualquiera de esas faenas y tareas insignificantes que pueden encontrar para hacer, de tal manera que si alguna vez se les presenta un verdadero reto, algo que en verdad pudieras significar mucho para sus vidas y su bienestar, les es muy fácil responder siempre que lo lamentan pero están demasiado ocupadas en este preciso momento y no pueden atender otra cosa.

¿Le suena conocido? Espero que usted, amigo lector, no haya estado esforzándose inconscientemente por fracasar manteniéndose "muy ocupado" en cosas que de nada le servirán, aparte de que lo mantengan en ese largo camino trillado. Si le sirve de consuelo, hay muchos que están en esa situación. Sabe usted que se necesita tanta energía para fracasar como la que se necesita para triunfar, y por eso es que tenemos tanta gente activa y ocupada que no logra entender por qué no está ocurriéndole nada en su vida.

En el caso de que usted piense que podría estar en esa categoría, tal vez está usted haciendo lo que hace porque alguien oprimió su "interruptor de eliminación" hace años. Sí, su "interruptor de eliminación". Hacer años iba a hacer un libro sobre este tema, pero ésta es la primera vez que lo menciono en letras impresas.

Una vez adquirí un convertible muy costoso, y obviamente el vendedor me persuadió de que no debía sacar ese vehículo tan caro a la calle ni estacionarlo en ningún estacionamiento público sin instalarle antes una alarma contra robos que inmediatamente haría sonar una fuerte y penetrante sirena si alguien trataba de abrir por la fuerza mi joya, conectar el encendido y llevarse el convertible. Por su puesto que accedí.

Una mañana, retrasado por una cita, entré como un rayo a la cochera, puse la llave de encendido, la giré... pero no pasó nada. Ni siquiera un quejido. Nada. ¿Estaría totalmente descargado el acumulador? No era creíble. Encendí la radio. Funcionó a todo volumen. Puse una cinta en la grabadora. Ella Fitzgerald en "Mack the Knife". Excelente fidelidad. Encendí los limpiaparabrisas. Dos chorros de agua saltaron desde aperturas ocultas y los limpiadores se movieron de un lado para otro en perfecta sincronía. Frustrado y molesto, entré a toda prisa en la casa y llamé a mi amigo el vendedor de automóviles.

- Instalamos una alarma en esa joya, ¿ verdad?, Og? ¡Y me costó trescientos dólares!

- Entonces probablemente oprimiste por accidente el "interruptor de eliminación".

-¿El "interruptor de eliminación"?

- Si, es un aditamento de los sistemas de alarma contra robos más complejos.

¿No te lo explicaron cuando hicieron la instalación?

Cada vez me enfurecía más. – Con toda seguridad recordaría si alguien hubiera hablado de poner un "interruptor de seguridad" en mi automóvil. ¿Qué es y dónde está?

- Es parte del sistema de alarma. Una vez que te bajas del automóvil y lo cierras con llave, pones otra llave en la cerradura que instalaron en el guardafangos y le das vueltas, ¿verdad?

Ese pone en funcionamiento la alarma, de tal manera que si alguien intenta forzar una puerta o rompe una de las ventanas se dispara la alarma.

- Así es.

- Pues bien, el "interruptor de eliminación" es un grado adicional de protección. En algún lado del interior del automóvil, generalmente abajo del tablero o debajo de la alfombra, se instaló otro pequeño interruptor. Si antes de salir del automóvil lo oprimes y luego cierras con llave y pones a funcionar la alarma, estás verdaderamente protegido contra el robo.

Incluso si alguien logra abrirlo y es lo suficientemente tonto como para intentar ponerlo en marcha mientras la alarma está sonando, no lo logrará porque una vez que oprimiste el "interruptor de eliminación", se corta toda corriente del acumulador al arranque. El automóvil no puede moverse.

Regresé a la cochera, pero no pude localizar mi "interruptor de eliminación", y en menos de una hora, el vendedor estaba en mi casa. Por supuesto que lo encontró casi inmediatamente, debajo de la alfombra delantera del lado del conductor. Sí, el interruptor estaba oprimido.

Probablemente lo había hecho yo con el pie, por accidente, pero no pude seguir molesto, no conmigo mismo, ya que el incidente me proporcionó una invaluable analogía que se relacionaba con muchos seres humanos que conocía y me ha sido de gran valor cuando trato de convencer a alguien de que está desperdiciando mucho tiempo en un trabajo en el que se "ocupa" mucho pero sin consecuencia para su vida.

Como puede usted ver, realmente mi automóvil actuó de manera bastante normal cuando di vuelta la llave de encendido. Se encendieron las luces, funcionó la radio, los limpiaparabrisas se movieron de un lado a otro. Un automóvil muy pero muy ocupado. Como mucha gente que conozco. Sólo hubo un problema. Esa máquina no pudo moverse ni siquiera un centímetro hacia adelante a pesar de toda su actividad, porque yo había oprimido sin darme cuenta su "interruptor de eliminación".

Todos tenemos nuestros propios "interruptores de eliminación". Tal vez cuando éramos pequeños, alguien, incluso uno de los padres u otro adulto a quien respetábamos, o el cónyuge cuando ya éramos mayores, nos haya dicho un día, en un arranque de ira, que nunca valdríamos gran cosa. ¡Zas! ¡Eso bastó! Sin darse cuenta y sin pensarlo, oprimieron nuestro interruptor, y nos hemos pasado todos estos años trabajando muy duro con el fin de que su profecía se cumpliera, sin comprender siquiera la motivación de nuestras acciones.

Claro que estamos "ocupados", pero al igual que mi convertible, no vamos a ninguna parte.

Y no entendemos por qué. ¡Qué lástima!

Hay que agacharse a desconectar ese "interruptor de eliminación ahora que usted, amigo lector, sabe que tiene uno. Ya no hay que "ocuparse" en cosas sin importancia. Hay que dejar de ocultarse detrás de todas esas tareas intranscendentes. Hay una mejor forma de vivir.



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